Radio el Verbo, La verdad que te acompaña.

Se cierra la Puerta Santa, pero sigue abierta la puerta de la misericordia, el Corazón de Cristo


Con una gran Eucaristía a la que han asistido los cardenales de todo el  mundo, incluyendo los que fueron recién creados el sábado, y gran cantidad de obispos congregados en Roma, así como diversos dignatarios civiles italianos (incluyendo el Presidente de la República), se ha puesto final al Año de la Misericordia, un Jubileo Extraordinario dedicado a fomentar la confesión, el perdón de Dios y las obras de misericordia, acompañado de indulgencias y peregrinaciones y con muchos gestos de acompañamiento al que sufre.

El calendario litúrgico celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Francisco señaló en esta eucaristía que sería poco creer que Jesús es Rey del Universo y centro de la historia, si no dejamos que se convierta en el Señor de nuestra vida.

 

“Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera”, añadió el Santo Padre.

El Pontífice invitó a pedir la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. 

“Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás, porque, constató, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza”.

 

Al final de la Misa el Santo Padre dio gracias a los que han colaborado en el Jubileo, voluntarios, autoridades civiles, peregrinos, ancianos y enfermos que han ofrecido sus oraciones... Después firmó un nuevo documento para que la Iglesia medite: "Misericordia et misera", dirigida a toda la Iglesia "para continuar viviendo la misericordia con la misma intensidad experimentada durante todo el Jubileo extraordinario".

 

El documento se reparte este domingo a algunas personas seleccionadas (una pareja de novios, unas madres catequistas, un discapacitado, un enfermo, los obispos de Manila y Edimburgo, unos misioneros...) pero se presenta públicamente en rueda de prensa este lunes,  cargo de Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización.

 

Homilía del Santo Padre Francisco en la clausura del Jubileo de la Misericordia

La solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo corona el año litúrgico y este Año santo de la misericordia. El Evangelio presenta la realeza de Jesús al culmen de su obra de salvación, y lo hace de una manera sorprendente. «El Mesías de Dios, el Elegido, el Rey» (Lc 23,35.37) se presenta sin poder y sin gloria: está en la cruz, donde parece más un vencido que un vencedor.

 

Su realeza es paradójica: su trono es la cruz; su corona es de espinas; no tiene cetro, pero le ponen una caña en la mano; no viste suntuosamente, pero es privado de la túnica; no tiene anillos deslumbrantes en los dedos, sino sus manos están traspasadas por los clavos; no posee un tesoro, pero es vendido por treinta monedas.

Verdaderamente el reino de Jesús no es de este mundo (cf. Jn 18,36); pero justamente es aquí —nos dice el Apóstol Pablo en la segunda lectura—, donde encontramos la redención y el perdón (cf. Col 1,13-14). Porque la grandeza de su reino no es el poder según el mundo, sino el amor de Dios, un amor capaz de alcanzar y restaurar todas las cosas.

Por este amor, Cristo se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, probó nuestra condición más ínfima: la injusticia, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. De esta forma nuestro Rey fue incluso hasta los confines del Universo para abrazar y salvar a todo viviente. No nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que todo excusa, todo espera, todo soporta (cf. 1 Co 13,7). Sólo este amor ha vencido y sigue venciendo a nuestros grandes adversarios: el pecado, la muerte y el miedo.

Hoy queridos hermanos y hermanas, proclamamos está singular victoria, con la que Jesús se ha hecho el Rey de los siglos, el Señor de la historia: con la sola omnipotencia del amor, que es la naturaleza de Dios, su misma vida, y que no pasará nunca (cf. 1 Co 13,8). Compartimos con alegría la belleza de tener a Jesús como nuestro rey; su señorío de amor transforma el pecado en gracia, la muerte en resurrección, el miedo en confianza.

 

Pero sería poco creer que Jesús es Rey del universo y centro de la historia, sin que se convierta en el Señor de nuestra vida: todo es vano si no lo acogemos personalmente y si no lo acogemos incluso en su modo de reinar. En esto nos ayudan los personajes que el Evangelio de hoy presenta. Además de Jesús, aparecen tres figuras: el pueblo que mira, el grupo que se encuentra cerca de la cruz y un malhechor crucificado junto a Jesús.

En primer lugar, el pueblo: el Evangelio dice que «estaba mirando» (Lc 23,35): ninguno dice una palabra, ninguno se acerca. El pueblo esta lejos, observando qué sucede. Es el mismo pueblo que por sus propias necesidades se agolpaba entorno a Jesús, y ahora mantiene su distancia. Frente a las circunstancias de la vida o ante nuestras expectativas no cumplidas, también podemos tener la tentación de tomar distancia de la realeza de Jesús, de no aceptar totalmente el escándalo de su amor humilde, que inquieta nuestro «yo», que incomoda.

 

Se prefiere permanecer en la ventana, estar a distancia, más bien que acercarse y hacerse próximo. Pero el pueblo santo, que tiene a Jesús como Rey, está llamado a seguir su camino de amor concreto; a preguntarse cada uno todos los días: «¿Qué me pide el amor? ¿A dónde me conduce? ¿Qué respuesta doy a Jesús con mi vida?».

 

Hay un segundo grupo, que incluye diversos personajes: los jefes del pueblo, los soldados y un malhechor. Todos ellos se burlaban de Jesús. Le dirigen la misma provocación: «Sálvate a ti mismo» (cf. Lc 23,35.37.39). Es una tentación peor que la del pueblo. Aquí tientan a Jesús, como lo hizo el diablo al comienzo del Evangelio (cf. Lc 4,1-13), para que renuncie a reinar a la manera de Dios, pero que lo haga según la lógica del mundo: baje de la cruz y derrote a los enemigos.

 

Si es Dios, que demuestre poder y superioridad. Esta tentación es un ataque directo al amor: «Sálvate a ti mismo» (vv. 37. 39); no a los otros, sino a ti mismo. Prevalga el yo con su fuerza, con su gloria, con su éxito. Es la tentación más terrible, la primera y la última del Evangelio. Pero ante este ataque al propio modo de ser, Jesús no habla, no reacciona. No se defiende, no trata de convencer, no hace una apología de su realeza. Más bien sigue amando, perdona, vive el momento de la prueba según la voluntad del Padre, consciente de que el amor dará su fruto.

Para acoger la realeza de Jesús, estamos llamados a luchar contra esta tentación, a fijar la mirada en el Crucificado, para ser cada vez más fieles. Cuántas veces en cambio, incluso entre nosotros, se buscan las seguridades gratificantes que ofrece el mundo. Cuántas veces hemos sido tentados a bajar de la cruz. La fuerza de atracción del poder y del éxito se presenta como un camino fácil y rápido para difundir el Evangelio, olvidando rápidamente el reino de Dios como obra.

 

Este Año de la misericordia nos ha invitado a redescubrir el centro, a volver a lo esencial. Este tiempo de misericordia nos llama a mirar al verdadero rostro de nuestro Rey, el que resplandece en la Pascua, y a redescubrir el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es acogedora, libre, fiel, pobre en los medios y rica en el amor, misionera. La misericordia, al llevarnos al corazón del Evangelio, nos exhorta también a que renunciemos a los hábitos y costumbres que pueden obstaculizar el servicio al reino de Dios; a que nos dirijamos sólo a la perenne y humilde realeza de Jesús, no adecuándonos a las realezas precarias y poderes cambiantes de cada época.

En el Evangelio aparece otro personaje, más cercano a Jesús, el malhechor que le ruega diciendo: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (v. 42). Esta persona, mirando simplemente a Jesús, creyó en su reino. Y no se encerró en sí mismo, sino que con sus errores, sus pecados y sus dificultades se dirigió a Jesús.

Pidió ser recordado y experimentó la misericordia de Dios: «hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43). Dios, apenas le damos la oportunidad, se acuerda de nosotros. Él está dispuesto a borrar por completo y para siempre el pecado, porque su memoria, no como la nuestra, olvida el mal realizado y no lleva cuenta de las ofensas sufridas. Dios no tiene memoria del pecado, sino de nosotros, de cada uno de nosotros, sus hijos amados. Y cree que es siempre posible volver a comenzar, levantarse de nuevo.

 

Pidamos también nosotros el don de esta memoria abierta y viva. Pidamos la gracia de no cerrar nunca la puerta de la reconciliación y del perdón, sino de saber ir más allá del mal y de las divergencias, abriendo cualquier posible vía de esperanza. Como Dios cree en nosotros, infinitamente más allá de nuestros méritos, también nosotros estamos llamados a infundir esperanza y a dar oportunidad a los demás. Porque, aunque se cierra la Puerta santa, permanece siempre abierta de par en par para nosotros la verdadera puerta de la misericordia, que es el Corazón de Cristo. Del costado traspasado del Resucitado brota hasta el fin de los tiempos la misericordia, la consolación y la esperanza.

 

 

Muchos peregrinos han cruzado la Puerta santa y lejos del ruido de las noticias has gustado la gran bondad del Señor. Damos gracias por esto y recordamos que hemos sido investidos de misericordia para revestirnos de sentimientos de misericordia, para ser también instrumentos de misericordia.

Continuemos nuestro camino juntos. Nos acompaña la Virgen María, también ella estaba junto a la cruz, allí ella nos ha dado a luz como tierna Madre de la Iglesia que desea acoger a todos bajo su manto. Ella, junto a la cruz, vio al buen ladrón recibir el perdón y acogió al discípulo de Jesús como hijo suyo. Es la Madre de misericordia, a la que encomendamos: todas nuestras situaciones, todas nuestras súplicas, dirigidas a sus ojos misericordiosos, que no quedarán sin respuesta.

 


Deja tu comentario

Aviso:
- Los comentarios vertidos en las notas son de exclusiva responsabilidad de quienes lo emiten.
- Los mensajes de tipo SPAM y ofensivos serán eliminados.

Otros articulos

Dios pasa por tu vida y descubres quién eres.

Irrumpe de repente, se queda para siempre. Me gusta vivir este tiempo de Pascua. Es como si quisier... leer

¿Llegará la unidad de los cristianos a través de la oración?

Católicos y luteranos de todo el mundo ahora pueden rezar juntos a través de un libro ... leer

La Política al servicio del Bien Común - Dr. Rocco D'Ambrosio

Para hablar de política y bien común, nunca como ahora, es necesario volver a reflexio... leer

Escucha la radio en vivo

El verbo 101.3 FM

El verbo 1190 AM


Destacados

Párroco de Bahía Negra lamenta olvido de la zona

Tres sacerdotes asiáticos del Verbo Divino trabajan en la orientación espiritual en Ba... leer

La agresividad de los católicos en las redes sociales, ¿evangeliza?

Imagina cómo se sentiría un no católico que busca a Dios, tras leer la mayor pa... leer


Columnas


Categorias



Comentarios

Hola Padre Eugenio Gal, saludos muy cordial desde Parroquia San Lucas. Si somos consciente del aporte ha dado a la Iglesia en Paraguay. Un Hombre de gran visión. Aun que no he tenido la oportunidad de conocerle a Ud. He escuchado mucho del trabajo que has realizado. Un abrazo grande Soy P Santiago P

- 2016-04-30

QUIERO FELICITAR A MI EX PÁRROCO WINFRIED PETER MOSCHNER POR SU CUMPLEAÑOS MUCHAS BENDICIONES Sta FE DEL PARANA

ROSA LIBRADA ORTEGA - 2016-04-29

Como primer cura párroco de san Lucas, felicito mis succesores por la obra de la radioemisora. En Hungría yo trabajo en el aposatolado de la palabra de Dios por medio de 22 emisoras. Esta es una obra del Cursillo de Cristiandad. Nuestro propósito es, que nuestra patria será otra vez crisiana. Estam

Padre Eugenio Gaál - 2016-04-25

Buenas tardes. Será que las autoridades policiales no pueden evitar que ese hermano que esta en silla de ruedas siga siendo explotado con este calor inhumano. En km 7. Por favir a tal nivel de indiferencia y complicidad llegamos. Carlos martinez. Cde

Carlos martinez - 2015-09-16

Buen dia Jorge Estoy escuchando el radio Feliz dia

Juan Carlos - 2015-08-08

Hola Sergio te estoy escuchando desde puerto rico misiones Argentina :-)

Nely - 2015-08-05

gracias tía Dioni besos también a vos y saludos a la familia

Joaquin - 2015-07-22

Hola clau te estoy escuchando te deseo exitos y bendiciones

Monica Pa?ra - 2015-07-03

Muchas felicidades por el día tan especial de ayer un beso le estamos escuchando al nuevo gran locutor

Dionisia - 2015-06-22

Esperamos sus mensajes, opinioes y sugerencias para ir mejorando nuestra página web. Gracias..!

Jesus P. - 2015-06-19

Publica tu mensaje





Los mensajes enviados, apareceran una vez que sean aprobados por el moderador